Regresar a las bases

 Por Héctor Llerena 

“Después de tantos años estudiando la ética, he llegado a la conclusión de que toda ella se resume en tres virtudes: coraje para vivir, generosidad para convivir, y prudencia para sobrevivir”

 Fernando Savater

Leí “Ética para Amador” de Savater a finales de 1991, unas semanas antes de que naciera mi primer hijo, y entonces me hice el propósito de leerlo con él al cumplir sus 15 años, copiando románticamente la historia del autor.

La vida tiene sus propias rutas y nunca lo hice tal cual, pero ese libro siempre  ha sido un referente inspirador para mi –como para miles más- sobre cómo quisiéramos abordar con nuestros hijos esos temas que se asoman en sus vidas de jóvenes-niños y los desafían con sus disyuntivas definitorias, mientras que nosotros los padres con intenciones de coach, terminamos siendo como espectadores de tercera fila, acaso porristas llenos de buenas intenciones, pero sin entender que a veces para ganar el juego se necesita mucho más que ser máquinas expeledoras de voces animosas. Más estrategias y menos “sí-se-puede”, diríase.

Es entonces cuando pienso en uno de esos problemas del mundo de hoy, y que para prevenirlo debimos haberle leído Savater a los hijos, debimos haber estado ahí con más eficacia: la violencia entre iguales. O peor: la violencia entre semejantes que muchas veces llegan a convivir en dinámicas cotidianas: escuela, familia, barrio…

¿Cómo es que llegamos a estos días en que un niño puede denostar a otro subiendo una foto vergonzante de él a su facebook, para que todos los compañeros de clase la vean, la compartan entre sus cybercomunidades, y la burla se convierte en una aplanadora del exhibido todo el tiempo en que siga circulando de muro en muro, de timeline en timeline, de una inconsciencia a otra?

Lo que sigue: personalidades dañadas, almas que crecen con aspereza y que quién sabe cómo se distorsionen, el imperio de la selva digital. Gana quien genere más likes del escarnio del otro, el que tenga más “amigos”, más followers, o más allá: el triunfador provoca que su adversario se flagele, se mutile o hasta se mate, mientras los demás, distantes a mil años luz del otro lado de la pared, argumentamos que el bullying siempre ha existido, como siempre han existido los triglicéridos, los misiles o la heroína, como si con darle carta de naturalidad al acoso, estuviéramos regresando las cosas a su estado inicial.

Nuestro negro territorio de acoso

México ocupa el primer lugar internacional de casos de bullying en educación básica, con lo que afecta a 18 millones 781 mil 875 niños y jóvenes de primaria y secundaria, tanto públicas como privadas, de acuerdo con un estudio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)[1].

El análisis de la OCDE, que se realizó entre los países miembros, arroja que 40.24 por ciento de los estudiantes declaró haber sido víctima de acoso; 25.35 por ciento haber recibido insultos y amenazas; 17 por ciento ha sido golpeado y 44.47 por ciento dijo haber atravesado por algún episodio de violencia verbal, psicológica, física y ahora a través de las redes sociales.

Lo grave: el suicidio entre menores de edad, de 5 a 13 años principalmente, se ha incrementado, ya que además del ámbito escolar los menores son humillados y maltratados en las redes sociales.

 Todos somos bullying

Desde el niño que acosa, el niño acosado que no acusa, los observadores pasivos (más pasivos cuando arrecia la agresión), los cómplices activos, las dinámicas de pertenencia y rechazo del grupo, hasta los adultos distraídos, desinformados,  mediáticos, hedonistas, desprovistos de argumentos y sensores para detectar que el escenario con el que crecimos cambió, y empieza a incendiarse sin que suene ninguna alarma, sin que haya extinguidor a la mano. El futuro no es ya lo que solía ser, diría Arthur C. Clarke… y rogamos que esto sea un capítulo de una mala novela de ciencia ficción.

 El acoso no es sólo un tema escolar o sólo familiar (¿y si no hubo familia?) o sólo sicológico o sólo antropológico o sólo policiaco. Llamamos multifactorial a los fenómenos que no sabemos explicar. El acoso lo es.

Tenemos que empezar a entrarle y actuar, porque si todos somos el bullying, todos debemos de acabar con él.


[1] “México es el primer lugar de bullying a escala internacional”, Milenio Diario, 25 de mayo de 2014. Nota de Blanca Valadez  http://www.milenio.com/politica/Mexico-primer-bullying-escala-internacional_0_304169593.html

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